America Latina y el Caribe un espacio de rostros juveniles diferentes (em Espanhol)

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Jorge Baeza Correa

Centro de Estudios en Juventud, Universidad Católica Silva Henríquez, Chile.

El concepto de juventud constituye una construcción social que posee un origen histórico y que presenta variaciones substantivas en cuanto a forma y contenidos, con relación a quienes se les llamó “jóvenes” en el pasado y, de seguro, de los que serán en el futuro. En este sentido, la juventud, como hoy se entiende y la conocemos, es una forma de comportamiento resultante de una realidad histórica, que se asocia a la formación de la sociedad industrial moderna. No es que antes en estricto rigor no existiera, sino que su construcción obedecía a un modelo social diferente, al cual se asociaban contenidos también diferentes a los que hoy se asocian.

La juventud no sólo presenta variaciones en el tiempo sino que posee múltiples rostros. No existe una única realidad juvenil. Si bien ser joven implica una serie de características comunes a quienes poseen igual edad, es una experiencia altamente diferenciada entre los propios jóvenes, y no solo por factores socioeconómicos, sino también por género, lugar de residencia, etnia, etc. Son muy diferentes los rostros de las y los estudiantes universitarios de sectores acomodados de la gran ciudad que ven con esperanza su futuro, de los rostros cansados de los jóvenes indígenas campesinos que miran con tristeza su presente y su futuro con pesimismo, dado que el trabajo del campo les robo su niñez y ahora los expulsa hacia las urbe sin la formación que exige la sociedad del conocimiento y la información. Son muy diferentes también, los rostros dentro de la misma gran ciudad, de los jóvenes de gesto violento de las pandillas que han convertido al tráfico de drogas en su modo de vida, respecto a aquellos otros jóvenes que expresan con su música y su vestimenta su adhesión a tendencias nacidas en otros continentes, pero que a ellos y ellas les ayuda construir identidad en la sociedad de red en que habitan.


1.- El contexto general de la vida juvenil

La realidad actual es la de un mundo con evidentes cambios geopolíticos, caída de antiguos muros pero de surgimiento de nuevas separaciones, fundadas en intransigencias muchas veces expresadas en dogmatismos violentos. Junto con lo anterior, como causa y efecto, asistimos a la primacía de un modelo económico en que el mercado se eleva como el gran regulador de casi todas las actividades y donde las disputas por espacios de comercialización hacen más visible que nunca que los intereses de las transnacionales están por sobre los de naciones y pueblos. La búsqueda de mano de obra barata, e incluso de espacios para la contaminación, ha implicado para algunas naciones una mayor inversión, pero no mejor calidad de vida, tendiéndose con ello a una perpetuación de las desigualdades. Se suma a las características anteriores, una profunda revolución de las comunicaciones. Hoy se es parte de una sociedad del conocimiento y la información, donde nuevas invenciones superan en un muy breve tiempo los artefactos de uso masivo en la vida cotidiana, pero también nuevos conocimientos hacen obsoletos certezas de larga data. Las nuevas tecnologías, además, han permitido que el mundo se convierta en una sola y única aldea global.

Hoy la población adulta y joven vive numerosas tensiones que dan cuenta de una época de cambios: ¿Cómo construir una sociedad de valores universales, pero donde la diferencia, la singularidad, encuentre su espacio?; ¿Cómo lograr una sociedad mundial, pero que respete la riqueza de lo local?; ¿Cómo lograr el desarrollo de capacidades para competir, y con ello insertarse adecuadamente en los mercados, sin olvidar la preocupación por la igualdad de oportunidades?; ¿Cómo lograr, junto con el desarrollo material de nuestras sociedades, una equivalencia en el desarrollo espiritual de nuestros pueblos?.

A esta realidad se agregan otros importantes cambios en el plano cultural. A los hombres y mujeres de hoy no les toca vivir en una sociedad donde se avanza de acuerdo a patrones preestablecidos (en gran medida lineales y determinados desde fuera), sino que se ven enfrentados a diversos caminos, lo que les genera una permanente tensión. Además, no se está en una sociedad de logros permanentes: ya los estudios no son para toda la vida; el trabajo es inestable y difícilmente único; la ciudad que se ha habitado siempre, ya no se proyecta hasta la muerte, entre otros asuntos.

Las culturas han dejado de ser, además, cuerpos compactos y homogéneos. Hoy prima lo que se ha denominado “culturas híbridas”, donde conviven manifestaciones diversas -y a veces contrapuestas- en un mismo espacio, lo que hace más compleja la construcción de identidad. Por otro lado, un signo de la época es la paradoja de un avance inconmensurable en redes de comunicación, pero, a su vez, de grandes ciudades pobladas de seres anónimos.

Pareciera que estamos viviendo el tránsito de un modelo cultural a otro, desde uno basado en la razón social a otro fundado en la autorrealización autónoma. Desde aquel donde lo legítimo es lo útil a la colectividad -es decir, que contribuye a su progreso y obedece a su razón- a otro donde lo genuino es aquello que el individuo juzga bueno para su desarrollo personal, en la medida que eso no impide a nadie hacer lo mismo.

Los Obispos reunidos en Aparecida en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), constatan que: “Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios (...). Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual (...). El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio (...). Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales...” (Aparecida 44).

La ética de primacía de la realización personal y del triunfo individual es el resultado de una sociedad altamente diferenciada, ya que ello facilita e invita a vivir una vida propia, pero donde la lucha para vivir la propia vida se escapa cada vez más, al habitar un mundo donde las interconexiones avanzan. Una sociedad, además, en que la menor importancia de las tradiciones hace de la vida algo experimental, en que las recetas heredadas y los estereotipos no sirven. Vivimos en un contexto de demandas encontradas y de incertidumbres, donde es necesaria una gestión activa de sí para conducir la propia vida, en que el pensar primero en uno mismo ya no se cuestiona socialmente y donde, incluso, la preponderancia de vivir nuestra propia vida conduce al inverosímil de la despolitización de la política.

Todos los países de América Latina y el Caribe, en mayor o menor medida, han experimentado cada uno de los cambios y tensiones descritos. En las últimas décadas los cambios físicos han transformado la fisonomía de nuestros países, pero además, estos profundos e impactantes cambios exteriores, se suman otras importantes modificaciones en el interior de las personas. Las maneras de vivir juntos se transformaron. Como no están a la vista, cuesta más reconocerlas.


2.- Los impactos de la realidad actual en la juventud en particular

Ser joven o, más específicamente, ingresar a la edad juvenil en la realidad actual, en el marco antes descrito, también ha experimentado cambios y tensiones. En las sociedades antiguas existían líneas que señalaban exactamente el momento de transición de la juventud a la edad adulta. En las sociedades arcaicas, los rituales de la circuncisión. Más tarde, el matrimonio y el inicio del trabajo eran momentos clave para adquirir la condición de adulto. Actualmente, las líneas que señalan las fronteras entre la juventud y la edad adulta son más vagas, y los jóvenes cada vez más consideran la vida como algo inestable, fluctuante, discontinuo y reversible.

La realidad de límites difusos se convierte, en la juventud, en un dato con el cual se convive sin mayor dificultad, pero no sólo en su expresión externa, como podrían ser los espacios de hibrides cultural, sino que en las propias vidas juveniles, donde en un mismo joven se manifiestan, en más de una ocasión, conductas que dan cuenta, principalmente a los ojos de los mayores, de una verdadera “fragmentación”.

La no linealidad actual y la aparente fragmentación, además, no sólo significan el paso de modelos estandarizados (donde existe una secuencia y cada cosa tiene su lugar) a modelos desestandarizados, sino la ausencia de un antes y un después. En esta realidad ya no lineal, de al menos aparente fragmentación, de alta valoración del aquí y el ahora, a lo que se suman las características propias de unas generaciones video-formadas, que nacen entre pantallas y redes, en un paisaje de mensajes globalizados, la juventud pasa a ser una experiencia distinta de la vivida por el mundo adulto. Una experiencia nueva.

En el marco de estos profundos cambios, que no sólo afectan sino que posibilitan un protagonismo diferente a la juventud, es posible hacer dos observaciones:


  1. Hoy los límites demográficos para definir juventud están puestos en cuestión. La definición operacional de que joven es aquella persona que tiene entre 15 y 24 años, ha quedado superada. La edad ha dejado de ser un parámetro fundamental que distingue socialmente una fase de otra y gana cada vez más importancia el factor de “paso o tránsito”. Hoy resulta fundamental concentrarse en las transiciones, ya que éstas, en sí mismas, son las inherentes al ser joven y no las edades, que pueden variar y varían significativamente, y dentro del conjunto amplio de transiciones, dos de ellas son las principales: el paso de la educación al trabajo y el paso de la familia de origen a la propia.


  1. En una realidad de ausencia de itinerarios lineales, las transiciones fácilmente pueden superponerse. La superposición de diferentes “fases” de la vida es hoy un dato mayoritario: ser estudiante y poseer responsabilidades como padre o madre, pero viviendo en la casa paterna es cada vez más frecuente. Como también el trabajar y seguir estudiando, pero dependiendo de los padres. Una clara paradoja de la sociedad actual consiste en acortar la infancia, pero alargar la adolescencia. Hoy se incita a los niños a tener tempranamente comportamientos adolescentes, generando en ellos una precocidad que no es sinónima de madurez, pero a su vez se acepta en casa y se le trata como un adolescente, al hijo de casi 30 años que sigue estudiando o que tiene un trabajo, pero que no se siente preparado para cortar el “cordón” y/o, sencillamente, que no quiere dejar aún las comodidades del hogar familiar.


Esta realidad de trayectorias no lineales y fragmentación van haciendo de la juventud una experiencia distinta de la vivida por el mundo adulto. Algo propio y diferente, pero que a su vez, en su interior, también se diferencia no existiendo una sino diversas culturas juveniles, que dan cuenta de experiencias sociales diferenciadas que son expresadas, colectivamente, mediante la construcción de estilos de vida distintivos, lo que permite hablar de la presencia en si interior, de diferentes subculturas juveniles, heterogéneas entre sí, pero que no están exentas de influencias del medio que le da rasgos compartidos. Al interior de cada una de estas microsociedades, que se expresan principalmente en sectores urbanos, diversas manifestaciones simbólicas son reordenadas y recontextualizadas, logrando como resultado la construcción de un estilo juvenil propio, que se manifiesta, principalmente, en un lenguaje como forma de expresión oral distintiva de la de los adultos, la adopción de una música, que por su consumo y creación marca una identidad grupal, y, por último, una estética que identifica visualmente al grupo (forma de llevar el pelo, ropa o accesorios).

El joven de hoy -como en otras épocas- busca decir con su lenguaje, música y estética quién es él, a qué grupo adhiere. Estas nuevas manifestaciones culturales juveniles, están además orientadas por la búsqueda de afectos, de nuevos tipos de relaciones que dejen de lado las construcciones marcadas por la racionalidad. Es una vuelta a lo tribal, a lo afectivo-emocional, propio de la comunidad, compensando la atomización y la disgregación de las grandes urbes.

No se puede dejar de reconocer que estas conductas poseen, además de la búsqueda de una identidad, mucho de resistencia social frente a la realidad de un mundo globalizado que uniforma las conductas de las personas. La apropiación de ciertos espacios (verdaderos territorios juveniles), caracterizados por concentrar bares, plazas y canchas de fútbol, como también la acción de los graffiti -donde los jóvenes marcan sus territorios- son, en definitiva, afirmación de identidad, de manifestación de sentimientos personales o propios de los grupos de pertenencia. En este mismo sentido, es posible ver también la apropiación del propio cuerpo y la inscripción de su propio sello distintivo en el uso de perforaciones corporales (piercings) y tatuajes (tatoo), lo que nos habla, en definitiva, de verdaderas tribus urbanas.


3.- La exigencia de la gestión de sí mismo:

No obstante la enorme diversidad que actualmente caracteriza a la cultura juvenil, ella registra algunos elementos comunes. La cultura juvenil otorga mucha importancia al cuerpo, a la música, a las formas personalizadas de religión, al predominio de la imagen, a la empatía con las nuevas tecnologías de comunicación, a la afectividad como dimensión de la personalidad y de las relaciones sociales, y al presente como dimensión temporal fundamental.

Estas características comunes de la juventud, no se puede dejar de reconocer, que no son tan diferentes a las tendencias que presentan la población de América Latina y el Caribe en general, los adultos de hoy también son más centrados en si mismo, y mucho más preocupados del presente que del futuro. Más de espacios privados y de búsqueda de realización personal, que de servir a causas colectivas. Los jóvenes de hoy, en este sentido, no son tan diferentes a los adultos actuales. Seguramente los jóvenes marcan tendencias, llevan la iniciativa, pero no son solo ellos los que caminan en dicha dirección, sino que es toda la población.

Hoy adultos y jóvenes ya no avanzan en forma gradual y paulatina ni por un “camino” previamente ya determinado, en una sucesión de acontecimientos que inevitablemente todos –y principalmente los jóvenes por el solo hecho de ser joven- deben avanzar. Hoy los niveles de incertidumbre que implican una continua toma de decisiones, hacen de la vida una experiencia distinta a la ya vivida y con un requerimiento mucho mayor de una “gestión de sí mismo” que antes.

Toda persona y especial los jóvenes que están en etapa de construcción de identidad, debe ser capaz de trabajar sobre sí mismo (reflexividad) para administrar sus tensiones; debe ser capaz de actuar sobre su propio yo para forjar su identidad y su proyecto como individuo y debe ser capaz, también, de estructurar lazos sociales que posibiliten su identificación y diferenciación con relación a los otros.

Es cierto que no toda la población presenta igual capacidad para a) administrar sus tensiones, b) construir su identidad y proyecto de vida y c) estructurar adecuadamente sus lazos sociales. Lo que exige de las Pastorales un importante trabajo de acompañamiento en la materia.

En términos extremos, las respuestas a estas exigencias de gestión de sí, van desde personas que reflexionan sobre sí y resuelve sus tensiones; construyen una visión positiva de sí con un proyecto de vida que guía su accionar y generan lazos sociales que se estructuran sin negarse a sí mismo en la relación con los otros, hasta el otro extremo, donde la reflexión sobre sí se construye desde un imaginario que invisibiliza las tensiones; donde no se construye una visión positiva de sí y se vive un fuerte apego al presente y en la relación con los otros se niega u olvida de sí mismo.

Todo esto, en el marco de la superación de la dicotomía estructura – sujeto. Es cierto que la realidad de la sociedad de hoy conlleva a rostros muy diversos, son rostros alegres o tristes dada las circunstancias que lo acompañan, pero también es cierto, que las estructuras no determinan, solo condicionan, lo que hace de cada uno -en gran medida- un artífice de su propio desarrollo.

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Anchietanum - Centro de Juventude,
5 de fev de 2010 03:47
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