Ecología y desarrollo sustentable, cuestionamento juvenil (em espanhol)

Mário Ríos – La Paz, Bolívia[1]

 

Cuenta una historia que sucedió en Melbourne Australia, donde se había desatado una tormenta increíble, parecía que el mismo cielo se venía para abajo, al día siguiente, el espectáculo era impresionante, del centro de la bahía salían más de siete arcoíris que morían en distintas partes de la tierra y del mar, toda la gente se dio cita para ver esa gran espectáculo natural en la playa.

 

Un pescador que salía de su casa muy temprano para dirigirse a trabajar se encontró con una cantidad impresionante de estrella de mar que estaban en la playa, la tormenta las había tomado del mar y las había depositado ahí, obviamente estaban muriendo, entonces el pescador decidió devolverlas al mar una por una, corría, tomaba una y la regresaba al mar.

 

En eso empezó a llegar la gente que se dio cita en la playa para observar el espectáculo, y al ver al pescador como devolvía las estrellas, se quedaron tranquilos e impávidos ante la angustia del mismo, lo miraron con pena y le gritaron: no podrás salvarlas a todas, es inútil tu esfuerzo, el hombre se detuvo, se agachó, cogió una estrella de mar, la levantó y gritó: pero ésta ¡ésta! sí se salvará...."

 

Uno de los más grandes y horribles pecados que carga la humanidad sobre sus hombros es el pecado de omisión, lo que pude haber hecho y no lo hice, nos hemos dado cuenta de la cantidad de veces que hemos sido parte del problema y no de la solución.

 

El tema de ecología es de vital importancia para el planeta y para la sociedad, un tema que hoy en día se pone en boga, esperemos que no sea una moda mediática, como la que plantean los medios de comunicación masivos, el cine, la televisión, etc. Esta no es una película de ciencia ficción, que al salir del cine simplemente quedara en la retina del espectador, es la vida misma, aquella que el Padre nos entrego en herencia, la cual puede que no nos dé una segunda oportunidad para enderezar el camino.

 

La crisis ecológica es resultado del modelo de desarrollo seguido por la Civilización Industrial, un modelo en el cual el hombre está separado de la naturaleza, la considera su enemiga a la cual debe conquistar, y penosamente el problema se reduce a un tema económico, donde los valores y la opinión de las grandes mayorías dependen de unos pocos, que darán su veredicto según sus conveniencias.

 

¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el ambiente en que viven —y con frecuencia también sus bienes— a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo1.

 

Veamos algunos datos y números que ilustraran lo que decimos2[i]:

 

-          Según el PICC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático): “Si las emisiones de gases que intensifican el efecto invernadero continúan al ritmo actual, en este siglo la temperatura de la tierra se elevará entre 1,4 y 5,8 grados Celsius; el nivel de los océanos subirá entre 18 y 59 cm; habrá más sequías, inundaciones y otros desastres”.

-          Según el PICC en cualquier hipótesis, hasta el 2050, la temperatura aumentará de los 0,8 actuales a 2. Para evitar más de 2 grados, las emisiones tendrán que ser reducidas hasta entonces en por lo menos 80%. Según la Agencia Internacional de Energía: el aumento mínimo será de 3 grados.

-          A finales del siglo XIX la población humana del planeta era mucho menor. Se calcula que en 1900 había 1.600 millones de habitantes. Ahora somos 6.800 millones de habitantes. El desarrollo tecnológico ha hecho posible que el consumo humano haya parecido que podía aumentar indefinidamente, pero hoy tenemos la certeza de que sería imposible dar a toda la humanidad el nivel de vida que actualmente tiene EEUU, para eso haría falta contar con 9 planetas, según el último informe del PNUD.

-          El 50% del total de áreas tropicales que se deforestan cada año en el planeta es de bosques latinoamericanos.

-          En los últimos treinta años, el área deforestada en Latinoamérica ha sido de unos dos millones de kilómetros cuadrados, es decir, una superficie equivalente a la del territorio mexicano.

-          Se calcula que más de un 10% del territorio latinoamericano se encuentra en algún grado de erosión.

-          En Bolivia la mitad de su territorio son bosques, y el 41% esta erosionado, y la contaminación de los ríos, especialmente en el occidente con residuos minerales, plásticos y tóxicos es alarmante.

 

Todo esto nos quiere decir simplemente que las clases dominantes del mundo siguen el ejemplo de las clases dominantes de los EEUU, por eso estas clases quieren aumentar su riqueza, para asegurar el futuro de sí mismos en detrimento del resto del mundo.

 

Hablando con propiedad no es un problema de la naturaleza, ella no se encuentra enferma, sino es el mismo ser humano que está enfermo, es una relación de enfrentamiento, de conquista, que se arrastra desde la revolución industrial.

 

Es más al analizar los datos que anteriormente veíamos nos damos cuenta de que el problema comienza en un individualismo económico, donde el egoísmo es el que alimenta una vida hedonista, donde solo importa el “yo”, luego de satisfacer mis seguridades están “los demás”.

 

Incluso desde el punto de vista biológico se descartó la tan famosa teoría Darwiniana de la selección natural “unidad de supervivencia” por la de “organismo mas su medio ambiente”, es absurdo pretender ignorar, que cuando destruimos el medio ambiente, estamos destruyendo también al ser humano. Incluso se ha puesto absurdamente la esperanza en que la tecnología salvara la actual crisis ecológica en la que vivimos, que se enterraran el carbono en el fondo del mar o en campos de petróleo agotados, que se fabricaran vehículos híbridos, que la energía será eólica, solar, de mareas o biocombustibles.

 

Con todo lo expuesto, seguramente hay muchas preguntas que surgen, ¿Qué dice Dios de todo esto? ¿Será que Él tiene la culpa de lo que sucede con nuestro planeta?, ó ¿el cristianismo es el responsable de esta crisis mundial, como lo dirían en la época moderna L. White y C. Amery3 a través del versículo bíblico Gn 1, 28 que fue un mandato de dominio arrogante, en nombre del Creador, sobre el mundo de la naturaleza?

 

Hoy más que nunca es necesario realizar una buena exegesis de este texto bíblico, par ya no se presenten mala interpretaciones, o interpretaciones a la ligera, mismo texto que la Conferencia del Episcopado Latinoamericano nos invita a realizar este mes en la Lectio Divina.

 

¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar [...]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad». El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de «cultivarla y guardarla», y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3,17-19). El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría de los antiguos reconocía que la naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera un «montón de desechos esparcidos al azar», mientras que la Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15). Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él». Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola4.

 

Esta perspectiva nos invita a mirar la relación con nuestro medio ambiente, como una relación de armonía de restaurar el equilibrio que debería haber habido siempre, a tomar conciencia de que somos representantes de Dios en el mundo, y no explotadores del mismo, que es una tarea urgente, que debe ser atacada desde mucho frentes, a niveles macro, con países industrializados que deben detener este horror, como así también en nuestro entorno y realidad, recordemos las palabras de de Jesús en el Evangelio de Lucas (Lc 16, 10) “El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho", si no somos capaces de trabajar desde nuestro ecosistema, no tenemos derecho a pedir que el resto del mundo lo haga, es una labor enorme, que parece que nunca tendrá los resultados que necesitamos, pero la gota constante taladra la piedra, quien sino el mejor ejemplo de todo lo expuesto, el patrono de los ecologistas, San Francisco de Asís, como nos lo expresa en el sublime “Cántico de las Criaturas”, donde su legado consiste en enseñarnos que debemos repensar nuestro lugar en el orden creado, de modo que el bienestar humano este integrado al bienestar de todas las cosas (medio ambiente). Para él, era vital entender la relación entre la humanidad y toda la creación. La visión franciscana ayuda a ver la vida como un gran regalo. Si podemos ser humildes como él, y entender que el mundo no está en nuestro control, tomaremos nuestro lugar como una parte, y solo una parte, de la gran comunidad de la creación.

 

 

 



[1][1][1] Comunicador Social.



1 Tomado del Menaje de su Santidad Benedicto XVI para la celebración de la XLIII jornada mundial para la paz, 1 de enero de 2010. ”Si quieres promover la Paz, protege la creación” Nª4.

2 Datos tomados de la Agenda Latinoamericana Mundial 2010.Datos sobre la situación ambiental. Washington Novaes. Sao Paulo Brasil.

3 Alfonso García Rubio ¿Dominad la tierra? Aportaciones Teológicas sobre el problema ecológico.  

4 Tomado del Menaje de su Santidad Benedicto XVI para la celebración de la XLIII jornada mundial para la paz, 1 de enero de 2010. ”Si quieres promover la Paz, protege la creación” Nº6.

 

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